La Sexualidad
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La sexualidad es una energía que se experimenta y
expresa en TODO lo que somos, sentimos, pensamos y hacemos. Es inherente al ser
humano, es decir, que es parte de nuestra naturaleza. Somos sexuales mientras
estamos vivos, desde que empezamos a vivir en el vientre materno hasta que nos
morimos. Es natural e instintivo, es decir que sin necesidad de que nos
induzcan o nos enseñan, desde que empezamos a vivir exploramos,
reconocemos y aprendemos sobre nuestra sexualidad.
La
función de la sexualidad es la comunicación y el placer (no
hay que confundir la sexualidad con el sexo, cuyas funciones incluyen también la reproducción).
Si
bien, al principio, las expresiones no tienen objeto ni nombre (hacemos porque
nos surge como impulso, como instinto, pero sin un propósito más allá de la curiosidad, el deseo y el placer), a medida que
crecemos, vamos descubriendo, conociendo y reconociendo nuestra sexualidad y
aprendemos a administrarla en sus diversas expresiones para finalmente tomar
decisiones acerca de ella.
Aprendemos
a expresarla primordialmente cuando somos muy pequeños (antes de los 5 años) y en casa, del
ejemplo de nuestros padres y/o demás personas con las que convivimos.
Aprendemos por dos vías:
1. Sensaciones
corporales: Especialmente cuando somos muy pequeños. Las sensaciones corporales son las que sentimos cuando
estamos, por ejemplo, en una habitación con dos personas que están molestas y
percibimos en nuestro cuerpo la incomodidad entre ellos.
2. Por gestos: Ya un poco más
grandes, los niños aprenden por gestos. Entonces, por ejemplo, cuando un niño
pregunta a su madre como se hacen los niños, las palabras que ella le conteste
son menos importantes que lo que ella transmita con sus gestos. Es decir, que
al final de cuentas, ese niño puede o no acordarse de las palabras, pero lo que
va a quedar en él es la percepción de que mi madre estaba nerviosa o incómoda
hablando sobre éste tema y que por tanto él no debería volver a hablar sobre
ese tema porque es un tema incómodo para mamá.
Como
éste aprendizaje se hace muy pequeños, no son aprendizajes que tengamos muy
conscientes, la mayoría son inconscientes, pero podemos reconocerlos en las
actitudes, libertades y resistencias que tenemos con respecto a la sexualidad.
De
esta manera, no es necesario que alguien se haya sentado conmigo a hablarme
de sexualidad, yo de igual manera aprendí. El no decir nada, el
“de eso no se habla” manda un mensaje que todos los miembros de la familia
entienden e interiorizan claramente.
Es
así que los mensajes, mandatos y formas de relacionarse que tiene mi familia se
transmite de generación a generación. Algunos de esos mensajes son buenos, adaptativos, saludables y me
ayuda a tener una sexualidad plena, satisfactoria, responsable y saludable.
Otros, por el contrario, me llenan de culpas, resistencias, obstáculos,
limitaciones, desconocimientos, malestares y vergüenzas.