Ser la Otra
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Existe una masa
significativa de mujeres que en algún momento de sus vidas deciden establecer
relaciones más o menos estables con hombres que están en relaciones formales,
lo sepan ellas conscientemente o no.
El nombre que le
damos a estas mujeres: “la querida”. Me llama la atención porque denota que a
esa mujer es a la que se quiere. Pareciera sugerir que a la esposa no se le
quiere, sino que se entiende que se está con ella porque el matrimonio es para siempre, por lo
hijos, etc.
Más allá de eso, el
convertirse en amante de alguien es siempre una decisión. Por lo menos desde el momento en que se sabe o
se sospecha que la otra persona tienen una relación oficial. Sin embargo,
muchas mujeres, incluso sabiéndolo, continúan con esas relaciones. Algunas de
las justificaciones que se utilizan son:
o El
amor: “Es que nos queremos” o “Es que lo quiero”. ¿Puede
construirse algo positivo donde se generó tanto dolor a otros? Algunos teóricos
sobre el tema dicen que no, que nada bueno surge de lastimar a otros, así sea
en nombre del amor. Como he dicho en otras ocasiones, el amor no lo justifica
todo. Según los que sostienen este punto de vista, el amor se desvirtúa si
necesita del engaño y la mentira. Es un pensamiento digno de ser analizado.
o La
ilusión de que él deje a su esposa y se quede conmigo: ¿Cuántos
hombres casados dejan a su esposa por una amante? Muy pocos. Incluso si pasa,
las estadísticas indican que la relación no tiene mucho futuro. Esto porque las
relaciones de “enqueridamiento” están basadas en ciertos factores y reglas que
cambian radicalmente cuando “la querida” se convierte en “la oficial”. Y no
quisiera, pero en este caso tengo que darle la razón a Pimpinela.
La mayoría de los
hombres describen sus espacios con sus amantes como espacios de relajación, sin
problemas. Con ellas tienen buen sexo y
compañía agradable. No solo porque esa es la naturaleza de la relación, sino
porque además la querida sabe que no tiene los mismos derechos que la esposa y
por lo tanto exige, reclama y pelea menos. Esto
se pierde cuando ella se convierte en la oficial. Oficializar a la querida es
como echarle sal al postre.
Como toda decisión, ser “la querida” tiene
consecuencias.